Haciendolo en Nueva York

La primera mañana después de mi regreso, fuí a comprar un periódico en la calle. Mire a la mujer en el almacén y pausé. Luego rompí el silencio con una carcajada. Mientras viajaba, me había movido tanto de un lugar a otro que tuve que pensar en que idioma pedir el periódico. Cuando me dí cuenta aquella mañana en Nueva York que podía hablar en Inglés, me dió una alegría inmensa. Siempre pensé que Nueva York era una ciudad demasiado grande y compleja para dominarla. Cuando me dí cuenta que podía hablar mi lingua nativa, mi miedo a la ciudad se desvaneció. Iba a ser todo tan fácil en comparación a negociar en Barcelona, Milano, y París que es donde acaba de estar. Reflexionando ahora puedo ver que teniendo un propósito en nuestra vida nos da la energía aceptar contrariedades. Al negociarlas, los obstáculos similares en nuestro camino se desintegran.

Me encontraba en la capital del mundo artístico. Me figuraba que me quedería por tres años hasta que fuera famoso, luego me cambiaría a una casa aislada en el campo donde tendría un estudio sobremirando hermosos jardines. Siete años más tarde, despegué de JFK casí tan anónimo como había aterrizado, con una fresca herida de una bala aún decorando mi pecho atrevesado.

El Mundo de los Clubes

A finales de los '70 y comienzos de los '80, descubrí un club del mundo subterráneo, en él que encontré una vena de la sociedad tan vibrante como yo sentía. Proveyó esta un mundo donde pude explorar los límites de mi persona. Empecé a frecuentar un pequeño lugar nocturno en Saint Marks Place en el East Village llamado Club 57, dirigido por Ann Magnuson. Fue allí donde conocí y trabajé con Keith Haring and Jean Michel Basquiat, entre otros que vendrían ser lumbreras en el mundo de los artes. Un otoño, mi amante y compañera Lisa Evers Sliwa (la promotora más expresiva de Los Angeles Guardianes) y yo produjímos una gran fiesta de máscaras la cual Lisa co-dirigió con Paloma Picasso. La fiesta fue la primera que combinó el barrio bohemio con el ambiente de barrios de la alta sociedad. Una de las artistas contribuyentes fue la madre de Paloma, Francoise Gilot.

Y el Cuento Sigue

La primavera siguiente, Francoise necesitaba un taller para preparar una exposición y me llamó. Tuve la gran fortuna de compartir mi espacio con ella por varios meses.

Francoise, probablemente en aquel tiempo, estaría en sus sesentas, era una mujer hermosa que poseía una gracia y encanto enormes. Tenía una voz extraordinaria que hacía que todo lo que decía sonase como lírica para una canción. Usaba su voz para contar cuentos. Era Francoise Gilot, la amante de Picasso por diez años, objeto de una película reciente, "Dejando a Picasso", estrella Anthony Hopkins, quien me introdujó al arte de cuenta -cuentos.

Desafortunadamente yo era muy estúpido para relacionarme con ella como ser humano. Para mí, ella era una leyenda. No documenté nuestra relación. Hice ésta foto recortando la cabeza de su pareja en nuestra fiesta y pegando la mía encima. Es una mentira que cuenta la verdad.

En poco tiempo me ganaba la vida produciendo fiestas en clubes nocturnos y exponiendo mis pinturas en las galerías de Soho. Aquí estoy usando una peluca y cuernos en mi espacio en Chelsea una de las noches de la semana que transformé mi taller a un espacio para espectáculos. Uno de los talentos preferidos por mí fue Joe Frank, dramaturgo de la radio. Aquí lo ven en su primer espectáculo en vivo en mi taller.